Sigo pensando que aún hay una mínima posibilidad, que una batalla perdida es aquella que se abandona. Que soñar es querer y querer es poder.

Cansada. Triste. Enfadada. Decepcionada. Con mis pies arrastrándose por la misma dársena que recorren día tras día. Mi hombros hacia delante, hoy no hay nada por lo que enorgullecerse. Los ojos, rojos y aguantando las primeras lágrimas que se lleva la asignatura, pero no las últimas que este sueño se ha llevado y llevará. El tic tac del reloj es lo único que te hace percatarte de que no tienes ni una aguja más para lamentar tu mala suerte, ni siquiera te da tiempo a cubrirte de nuevo con las sabanas, estás destinado a pasar frío durante toda la noche a la espera de que el sol vuelva a salir o, lo más probable, que tengas que probar fortuna, una vez más, en julio. Ya no sabes qué hacer más, cambiaste tu pijama favorito por otro viejo de tanto usarlo, de tantas horas sentado en esa silla preparándote para el temido gran momento, cambiaste las ilusiones secretas que solo tu almohada conocia por fórmulas caprichosas, incluso llegaste a cambiar tus metas obligándote a quedar en los puestos más bajos. Y todo para cada noche tener la misma pesadilla. Abrir un mail. Abrir un documento. Buscar tu numérico nombre y descubrir aquella "S" que equivale a varias tardes en tu soledad. Lloras. Gritas. Te Cagas en l Puta Madre del mundo. Pero nada cambiará. Seguirás con esa angustia, la esperanza siempre fue la peor de las compañeras de viaje. Sobre todo cuando en mitad de la noche recuerdas aquella sutileza que, solo quizá, te hubiera llevado a subir las persianas de tu cueva.

Qué irónico. Dicen que las pesadillas te hacen madurar cuando realmente lo único que provocan es pérdida de ilusión, de felicidad y entrega. El gran resultado tras tantas noches en vela y ojeras resulta ser una persona como cualquier otra, cuyos días son tachados y dejados de lado cual cromos repetidos, cuya máxima aspiración es levantarse 5 minutos más tarde de lo normal. Es lo que te enseñan. A bajar la cabeza y aceptar tu destino. Cuanto antes lo hagas, mejor.

Que pena que nunca supe seguir la corriente.